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De Quimeras y Ensoñaciones

El artista en la calle

Un pequeñísimo homenaje y recuerdo a los artistas callejeros que nos alegran muchas veces el día con su música en las calles, ó en el metro.

Strangers in the night
exchanging glances
Wond'ring in the night
what were the chances
We'd be sharing love
before the night was through…

Something in your eyes
was so inviting…
Something in you smile
was so exciting…
Something in my heart
told me I must have you…

Strangers in the night
Two lonely people,
we were strangers in the night
Up to the moment
when we said our first hello
little did we know…

Love was just a glance away,
a warm embracing dance away…

and…

Ever since that night
we've been together
Lovers at first sight,
in love forever…
It turned out so right
for strangers in the night...

Love was just a glance away,
a warm embracing dance away…

Ever since that night
we've been together
Lovers at first sight,
in love forever...
It turned out so right
for strangers in the night

Love was just a glance away,
a warm embracing dance away…

Ever since that night
we've been together
Lovers at first sight,
in love forever...

It turned out so right
for strangers in the night

… Era un plácido día de principios de otoño que invitaba a pasear por las calles céntricas de una ciudad patrimonio de la humanidad, entre las sombras de las calles, bajo los soportales tachonados de columnas desgastadas y descuidadas por el paso del tiempo los turistas y los caminantes ociosos daban cortos paseos pisando el suelo empedrado cual calzada romana y se extasiaban ante los reclamos de las miles de formas del escaparatismo, tras los cristales, objetos diversos que atraían al paseante.

Vanessa escuchó a lo lejos la música de un acordeón, y al acercarse, aquella melodía le iba envolviendo poquito a poco, metiéndose dentro, haciéndola suya, la había oído antes, ¿dónde?, se preguntó, pero no supo responderse. Miró a través del pórtico y contempló a un músico callejero, ahora, la música tenía un acento más rancio y acartonado, pero sonaba muy bien. Siguió su camino, despacio, muy despacio, para escuchar aquella melodía que se le había quedado impregnada en todo su ser. Y aún cuando dejó de oírla, continuaba reverberando en sus oídos cual rumor de agua brava estrellándose contra el acantilado. Esos dos minutos largos le habían alegrado un poquitín el alma.

Y un poco más allá, unos pasos más adelante, donde los pórticos dejaban paso a la luz, al los rayos de sol que atemperaban la humedad de las sombras, se clareaban a través de las calles, cual claraboya de buque, de nuevo, el mismo sentimiento se apoderó de ella, el sonido melódico de un nuevo instrumento impregnaba de fragancia musical el aíre del mediodía.
Vanessa abrió su imaginación y se dejó acunar por los acordes. Cerró los ojos, dejándose ir, con una sonrisa en los labios, hasta que un desconocido le sacó de su ensueño al tropezar con ella y le obligó a abrir los ojos y a pedir disculpas y perdón por su torpeza.
-¿Estás ciega?. ¡A ver si miramos por donde vamos! ¡A ver si abrimos los ojos! ¡Que ya somos mayorcitos para andar jugando a la gallinita ciega! .

Las calles no están hechas para los ciegos, ni para soñar dormidos con los ojos cerrados.

Estaba justo enfrente del músico callejero. En ese instante había dejado de tocar y daba las gracias a un generoso caballero que había depositado una moneda de 1 Euro en el cartón que dormía a sus pies, junto a unas cuantas monedas más –muy pocas más- que ahora le hacían compañía.
La gente cruzaba a su lado sin mirar, sin pararse, sin escuchar, sin apenas darse cuenta de su presencia, tal vez fuese por la monotonía de la costumbre, excepto algún despistado turista ó alguna madre con sus hijos que se detenían unos segundos para contemplar a aquel músico, mas como un espectáculo de feria, como una atracción circense, que como un artista de la calle, para luego, aburridos y cansados de ver que aquella persona sólo creaba música y no hacía nada más –ya que ellos no escuchaban, sólo estaban allí para mirar – proseguían su camino.

Aquel músico de la calle volvió a colocarse el violín sobre su hombro izquierdo, apoyándolo sobre su mentón que se acomodaba sobre la mentonera del violín, esa depresión del instrumento para adecuarlo a la anatomía humana y empezó a deslizar su arco sobre las cuatro cuerdas que se distribuían por la tapa armónica y por el mango.
Vanessa se detuvo a escucharle, esta vez no pasó de largo.
Aquella melodía sonaba como palabras, como formando parte del tono y ritmo de una composición literaria, descriptiva, insustancial, pero muy agradable, plena de emotividad y sensibilidad, evocadora de imágenes mentales, adornada de guirnaldas.

Ambos, músico y oyente, se miraban sin verse, se contemplaban percibiendo tan solo las notas musicales de violín. La calle con sus edificios, llena de personas, había desaparecido bajo el embrujo de la música. Todo eran ritmos, armonías, sentimientos, evocaciones, vuelos de libertad, era como si se hubiesen convertido ambos en insectos con alas recién salidos de una crisálida y flotaran en el aire dejándose mecer por la brisa fresca del otoño.

A Vanessa le sacó de su trance el doblar de las campanas de la iglesia que ahogaban con su tañido los acordes del violín. Y fue entonces cuando le vio, sin saber que lo había estado mirando durante todo el tiempo, era atractivo, extranjero – pensó -, con rasgos típicos del Este de Europa, unos ojos pequeños gris-azulados, de un azul muy claro.
-No me importaría enamorarse de alguien así - musitó para sus adentros -
Sonrió abiertamente, con una sonrisa franca y pícara a la vez, al pensar en esas palabras y el violinista, al mirarla, y verla con aquella sonrisa feliz, por empatía, le sonrió también. Luego ella se avergonzó al verle sonreír, ¿Y si pudiese leer los pensamientos?, y se ruborizó sutilmente, bajó los ojos al suelo apartándolos de él, y para disimular aquella repentina huida de su mirada y disimulando su incipiente timidez, miró hacia su bolso, del cual sacó un billete, se acercó al músico, -las campanas no dejaban escuchar la música, el artista había dejado de tocar-, y ella en vez de depositar el billete en el suelo, se lo entregó en mano, con una sonrisa de complicidad y agradecimiento, él lo recogió, y Vanessa sintió el roce de su mano suave y áspera a la vez, tierna, como una caricia y… el violinista le dijo gracias, muchas gracias señorita.

-¿Podrías tocar “strangers in the night”, extraños en la noche, de Sinatra? ¿Sabes la canción? – Le preguntó Vanessa, mientras las campanas finalizaban su estrepitosa llamada y la gente seguía paseando a su alrededor sin detenerse.
El músico callejero volvió a colocarse el violín en el hombro y la música bailó en su derredor, cual las hojas en otoño barridas por el viento. Y ella evocó el recuerdo de esa canción. En la noche, dos extraños sin serlo, pero siéndolos.

“Love was just a glance away,
a warm embracing dance away…”
El amor era simplemente una mirada
Un cálido bailar abrazados…

Estaría toda la vida escuchando esa canción, escuchando ese violín, mirando esos ojos azul pálido, “extraños en la noche, intercambiando miradas…”, “El amor era simplemente una mirada…” , y una lágrima traicionera rodó por su mejilla. Sonrió melancólica. Él volvió a tocar la melodía otra vez. Vanessa tarareaba dentro de sí la letra, siguiendo el rítmico movimiento del arco sobre las cuatro cuerdas del violín. Y de nuevo una mariposa azul surgió de su crisálida y extendiendo las alas danzó y danzó al ritmo de aquella música romántica.

Vanessa aplaudió entusiasmada cuando el artista callejero terminó de tocar la canción. La gente miraba. Se avergonzó al darse cuenta. Acercose al músico y le estampó un beso en la mejilla. Muchísimas gracias, es muy bonita, tocas muy bien – le dijo- y se fue, desapareció nuevamente por entre el camino tachonado de losas empedradas, entre los soportales de la calle mayor de la ciudad.

Y el músico la vio partir, nunca le había besado de esa forma una mujer cuando ejercía de artista en la calle –si alguna que otra niña pequeña cuando su madre le entrega las monedas y muy graciosa, infantil y simpáticamente se levantaba de puntillas - pero nunca una mujer, ni le habían aplaudido con tanto entusiasmo. Aquello le satisfacía más que todo el dinero, billete u oro del mundo y le dijo en bajito, cuando ella ya no estaba: “Gracias por escucharme, si vuelves mañana, te traeré una rosa”.

Gracias por leerme

Extraños en la noche
intercambiando miradas
preguntándonos en la noche
cuáles eran las posibilidades
de compartir el amor
antes que la noche pasara...

Algo en tu mirada
era tan atractivo...
Algo en tu sonrisa
era tan excitante...
Algo en mi corazón
me decía que debía tenerte...

Extraños en la noche
dos solitarios
fuimos extraños en la noche
hasta el momento
en que dijimos nuestro primer "hola"
poco sabíamos...

El amor era simplemente una mirada
bailar abrazados...

y...

Desde aquella noche
hemos sido juntos
amantes a primera vista
y enamorados para siempre...
resultó bastante bien
por ser extraños en la noche.

El amor era simplemente una mirada
bailar abrazados...

Desde aquella noche
hemos sido juntos
amantes a primera vista
y enamorados para siempre...

Resultó bastante bien
por ser extraños en la noche.

Margarita

Un pequeño homenaje literario al trágico suicidio por amor, y quisiera recalcar literario, porque no siento que una muerte deseada sea merecedora de ningún elogio.
Una jovencísima mujer de 24 años, escultora y pintora. Marga Gil Roësset se suicidó por amor, el amor del poeta Juan Ramón Jiménez, de quien le separaban muchos años de edad.

Había amado tanto, y era un amor tan imposible, que el arte no era suficiente para evocarla en el placer del olvido.
Se había enamorado, de una forma tan irracional y pasional, que los sentimientos no sabían de instintos, todo lo borraban, lo cegaban, como un invidente que camina por el borde de un precipicio y por no verlo, no le tiene miedo.
Exacerbada locura, ardiente y vehemente amor no correspondido. ¿No correspondido?.
Si. Mejor, prohibido, inalcanzable. Tan distinto y tan igual del amor Platónico

Era una artista demasiado joven para sufrir, demasiado buena para perder, demasiado sincera para mentir. Su creatividad se plasmaba en sus esculturas y en sus pinturas, en sus tallas, sus dibujos, en el yeso de sus obras, en los colores de sus bocetos, capaz de forjar y de engendrar de la nada figuras vivas, expresivas, dotadas de un realismo trágico, como el final de su vida. Sus manos, amasaban el contorno con efusiva ternura, con entusiasta ilusión y esa complacencia del arte, de los matices de sus retratos, de sus bosquejos le llevó a comportarse con arrebatado ardor, a volcarse en lo que daba sentido a su existencia. ¿Creía ella acaso que sus obras no eran obras de arte? ¿Pensaba que aquello no era más que una ociosidad de una mujer sensible sin talento? ¿Se sentía invadida por la ciencia de la apatía? ¿Qué sentía aquella mujer? ¿Qué pensaba? ¿Acoso no intentó refugiarse en el último estertor de su existir, en sus creaciones, pidiéndoles ayuda? Si, lo hizo, les habló con rabia infinita, con ira, con tal furia les habló, que ellas, avergonzadas y compungidas, callaron, simples argamasas sin alma, bellas, pero inertes, inhumanas, y Marga les pidió perdón por haberlas fabricado, no, ella no fabricaba, ella creaba, las infundía realidad con sus manos, sus eternas horas delante de ellas, moldeando, modelando, raspando, de pie, cincelándolas a golpe de sentimiento y por ello, a golpe de sentimiento las destruyó. Las maté porque eran creaciones mía y yo iba a dejar de vivir.
Toda su última obra, la de una artista enamorada hasta lo más recóndito de su ser, fue destruida, murió, de la misma forma que fue creada, nacida, por las manos del genio que es dueño y hace y deshace, y muestra y enseña y rompe y mata.
Y terminó con lo que había creado. Lo destruyó.

Ella, una artista, se tuvo que enamorar de otro artista, curiosidades de la vida, un artista indiscretamente acoplado en un matrimonio dichoso. Mientras Marga esculpía el busto de Zenobia, esperaba verle llegar, esperaba verle editar un nuevo libro, esperaba verle hablar, y sin embargo un mundo de edad les separaba, pero el amor no tenía fronteras, ella instalada en la sempiterna juventud donde quedó para siempre , JRJ, en la madurez cursi y sosegada, y Zenobia en la amistad, una amistad que Marga nunca quiso traicionar.

Un disparó atronó en el jardín solitario. Y los montes de la sierra lloraron. Un suicidio por amor. ¿Acaso había enloquecido?.
Y dejó un diario y se le entregó a él y una carta para ella, en la que decía :

Creo mucho mejor matarme ya... que sin él no puedo... y con él no puedo

Lo único que podemos cambiar es el presente

En un pueblo de la antigüedad, nacieron dos hermanos de la misma edad, sus padres vivían en las laderas de un gran castillo feudal, eran campesinos-ganaderos de aquella pequeña aldea.
Y crecieron, y el hermano que nació primero, el hermano mayor, junto con su gemelo, ayudaban en las labores del campo y el sueño de ambos era poseer un gran caballo para trabajar la tierra, y siguieron creciendo y el sueño del hermano mayor fue mas allá, poseer una gran porción de tierra con muchos caballos, y trabajaba de sol a sol, sin descanso ninguno para hacer su sueño realidad, cada moneda que obtenía la guardaba cuidadosamente. El hermano menor también trabajaba mucho, pero su dinero, lo empleo en pedir prestado un pequeño burro para labrar la tierra mas cómodamente, un burro pequeño en edad que aun debía alimentar con leche.
El hermano mayor se reía del borriquillo de su hermano y gastaba bromas sobre él, le decía que era una forma tonta de gastar el dinero, que un burro no servia para nada y menos un burro apenas aun destetado, sin embargo él, ya había reunido unas cuantas monedas y pronto tendría un saquito lleno de ellas, que junto con otro y otro y otro saquito le daría para comprar un caballo alazán de gran alzada.
El borrico del hermano segundo al principio no podía con el arado y comía mucho, llevándose en comida las pocas monedas que sacaba.
Y pasaron los meses y el borrico se hizo mayor, y aunque no era un gran caballo servia para llevarle al trote y para tirar del arado y para llevar leña en las alforjas. El hermano mayor estaba siempre trabajando, ahorrando moneda a moneda para comprar una gran granja propia, no tenia burros y casi siempre iba andando y con ropajes requeteusados, pero sus monedas ya casi no cabian en dos saquitos.
El hermano mayor era la persona mas trabajadora de la aldea, jamas descansaba, ni de día, ni de noche,
doblando la espalda sobre los terrones, asiendo la azada con sus manos callosas, quebrándose día a día. Su hermano le invitaba a pasear sobre su burro, pero él lo despreciaba diciendo que solo montaría a lomos de un caballo blanco con crines doradas y de su propiedad, pues andar a lomos de burro era deshonroso.
El hermano menor, después de terminar las faenas del campo le pedía que le acompañase a pescar al río, o a cazar, o simplemente a perderse por entre el bosque cercano y escuchar el trino de los pájaros y el ulular del viento entre las ramas, pero él se negaba diciéndole que tenia que seguir trabajando para sacar unas monedas más y que nunca, nunca, nunca montaría en un borrico, ni perdería el tiempo pescando, ni cazando a no ser que con ello obtuviese algún beneficio y que era malgastar el tiempo en ir y volver al río, o en pasear por el bosque, cosas que solo hacían los holgazanes y perezosos.
En sus viajes a lomos de su burro, recorriendo los márgenes del río, en busca de sitios donde disfrutar de la buena pesca, conoció a la que sería su mujer, una persona de la que se enamoró y con la que compartió sus días de pesca junto al río, unos buenos y otros malos, sus días de caza y sus paseos por el bosque.

Casáronse los dos hermanos, el hermano segundo con la mujer de la que estaba enamorado, la cual le dio tres hijos, a los que adoraba y con los que formaban una familia feliz. Sin embargo, el hermano mayor lo hizo con la mujer viuda de uno de los amos a los que servia, una mujer ya vieja y con tres hijos, y casose con ella para no perder las pocas monedas que le pagaba por arar, cuidar y sembrar sus tierras, pues estas tierras y los dineros de la viuda eran sólo para sus hijos.

Y pasaron los años, el hermano menor no tenia ahorros, pero su vida era mas fácil, su sueño se había cumplido y no pedía mas, se conformaba con su burro, que ya iba para viejo, pero con el que podía trotar y que le ayudaba enormemente en su trabajo, y con el amor y cariño de su mujer y de sus hijos, con los cuales compartía el tiempo que sus faenas le dejaban ya que él procuraba que este fuese el mayor posible, y gastaba las pocas monedas que poseía en hacer feliz a su familia y que nada les faltase, sin preocuparle el que no pudiese guardar nada.

Y el hermano mayor volvió a contar sus ahorros, ya casi tenia monedas suficientes para comprar una granja con varios caballos, pero su espalda estaba ya doblada, sus manos agrietadas y callosas, lucia una barba gris blanquecina y sus cabellos también blanqueaban; los hijos de su mujer jamas le ayudaron en su trabajo y nunca fue un padre para ellos, pero ¡¡ podría comprar su granja!!. Había tardado mucho, pero el no quería un solo caballo, quería una granja entera, y hasta entonces no había tenido ni lo uno ni lo otro, pero ahora lo tendría todo, cuando ya estaba cansado y viejo.
El hermano menor había tenido varios burros, había disfrutado con sus hijos y su esposa y en cambio no tenía guardado ningún saquito de monedas, su espalda no le dolía y parecía mil veces más joven que su hermano gemelo.

Y ocurrió que por entonces el hermano mayor enfermó de gravedad, debido a sus esforzados trabajos en el campo siempre destinados a conseguir una moneda más para rellanar sus bolsas, por lo que hizo llamar a su hermano menor y en su lecho de muerte le dijo:
- He vivido mi vida trabajando, persiguiendo un gran sueño, mi sueño, pero voy a morir sin poderlo ver hecho realidad, sin embargo tu, has trabajado para que tu vida sea un sueño y la has vivido como tal, yo he luchado por un sueño, sin saber que los sueños se viven día a día, no esperándolos. Siempre soñé con tener una gran granja con caballos y ni siquiera tuve un solo burro en propiedad, no supe disfrutar de ello, tú si y quiero darte todas las monedas que he ido guardando durante mi vida, mañana quiero que vengas y te diré donde las guardo, hoy te daré éstas pocas que reuní en los últimos meses y que aun no lleve a guardar en los saquitos.

Y el hermano mayor murió ese mismo día, momentos después de que su hermano se fuera todo apenado a su casa al ver el estado envejecido y enfermizo de su gemelo.
Su viuda y sus hijastros no lloraron su muerte, pues que aunque marido y padrastro, para ellos siempre sólo fue un empleado, mas al contrario, dieron saltos de alegría pues fueron ellos los que encontraron los saquitos llenos de monedas y nunca le dieron ni una sola moneda a su hermano, a pesar de que la viuda estaba presente cuando su marido prometio las monedas a su hermano.

Y fue a su muerte cuando se cumplió su sueño, pues el hermano menor con la parte del dinero que su hermano le dio rento por un día un caballo de crines doradas, sobre el que subió a su hermano para llevarlo a enterrar al cementerio desde donde los cipreses contemplaron meses mas tarde una granja cercana llena de caballos propiedad de la vieja viuda, que la había comprado con el dinero de los saquitos y con quien un año mas tarde se caso un joven para heredar su fortuna.

Moraleja de la vieja:
1. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy
2. Como te descuides se te va a pasar el arroz.
3. Si ganas 4, ahorra 1, el resto lo mejor es gastarlo
4. Disfrutar del Lunes, pues el Domingo nunca se sabe cuanto tardara en llegar
5. Hoy es el primer día del resto de mi vida

El Estanque

Antes de ti había Nada, después de ti habrá Nada. Sé tú.
Antes únicamente existía una inmensa capa de vapor de agua, tan expandida en si misma que daba vueltas y vueltas por el terráqueo sin llegar a encontrarse nunca y sucedió que, como todas las cosas que crecen, el principio, a veces choca con el final y se producen empujones y todo se aprieta y el vapor de agua se contrae, se hace pesado, se forman algodones en el firmamento, algodones blancos, donde todas las gotas se cogen de las manos y viven lunas de miel. ¡ Que felices son las nubes de algodón ! ( Que buenas son, que buenas son, que buenas son las madres Agustinas, que buenas son que nos llevan de excursión ), Y cuando los algodones limpian el cielo la tierra les mira y espera porque sabe que algo ha de suceder.
Y pasado el primer tiempo del encuentro en que la química lo suele ser todo, y las parejas se conocen ya tanto que no tienen que decirse, ( ¿cuatro años? ), llega en unos la costumbre, en otros el aburrimiento, en otros las ganas de nuevas emociones, las ganas de libertad, una gran familia de hijos, y la nube que flota en el azul, sus gotas de agua a veces se vuelven radicales libres, se separan y la nube desaparace y la pobre tierra tiene que esperar otra ocasión, pero a veces las gotas de agua de la nube se quedan embarazadas, aumentan y crecen y crecen y se hacen pesadas, menos que una vaca en brazos, pero mas pesadas que el hermano global que las sostiene en el techo y las gotas de vapor preñadas que forman parte de la nube de algodón rompen aguas, y lo hacen por solidaridad las unas con las otras, como las mujeres que sincronizan sus periodos cuando conviven juntas, y empieza a llover. Y caen los bebes a millones sobre una tierra sedienta de neonatos, millones y trillones y cuatrillones de gotitas de agua de lluvia se estrellan contra suelos duros, blandos, rocas, hierbas, hojarasca, asfalto de ciudad, y el nuevo mundo las traga sin piedad, no deja que lleguen a ser nada, pero Mama Naturaleza sabe mas que nadie y se queda preñada muchas veces y tiene muchos hijos y entre todos ellos siempre hay unos pocos, los mas afortunados, que sobreviven para crecer, el agua de lluvia, como las huevas del salmón , alimentan muchas vidas a consta de morir ellos, depredadores, carroñeros, raíces sedientas de agua se encargan de aprovechar los excedentes antes de que se pierdan, por tanto podemos establecer tres tipos de bebes, los que no son útiles para nada y se pierden en la nada, los que son útiles para algo o alguien que los usa en su provecho y ellos desaparecen y los que crecen y se desarrollan, estos últimos nada mas caer pueden ser ya ancianos si su lecho es la mar oceana , pueden ser adultos si caen en ríos maduros o, lo mejor de todo es nacer siendo un bebe, por lo que empecemos como se empieza todo que se inicia, es decir, por su principio. Hay que ver lo que se puede enrrevesar una historia, metaforar hasta lo increíble, hacer pensar al leedor de este relato, y para los que solo leen sin pensar, para aquellos que un libro de cientos de paginas tardan menos de un año en leerlo, les diré que todo el introductorio anterior se resume en y se formaron nubes en el cielo y empezó a llover sobre la tierra.
Pues bien, las infantes gotas de agua nacen unas con un pan bajo el brazo, aquellas que caen en tramos suaves de montaña, rodeadas de verdes vistas y bellas y con el camino despejado de obstáculos, otras no pueden decir eso, pueden caer en barrios marginales de grandes urbes, en países subdesarrollados llenos de miserias y rodeados de hastío, estos son los de agrestes roquedos, siempre saltando, dando tumbos, rompiéndose en mil pedazitos con cada trompazo contra el suelo, el hambre, la malaria, la mala hierba de los bajos fondos de los riachuelos de la ciudad, del picacho de mala muerte donde cae la gota de agua.
Pero Asi y todo la gota sobrevive, una feliz, la otra infeliz, y se sociabiliza, se junta con otras hermanas y van creando una sociedad incipientemente imberbe, hilillos contenedores de vida, pequeñas culebrillas que van arañando la tierra a dentelladas … y calientes, y en los libros de geografía les ponen un punto y les dan nombre, ya están registrados en el registro civil, ya han nacido, el río fulano nace en los picos de mengano, y la vida se hace mas entretenida, se tiene una familia, se esta protegido rodeado de hermanos por todas partes que te defienden a capa y espada de todas las injusticias y ya no te perderás , no desviaras el camino, es época de ir conociendo, de abrir los ojos, de dar los primeros pasos, de ver que el mundo es algo mas que uno, y al crecer el río se hace mayor, con menor ímpetu, pierde energía poco a poco, se vuelve mas serio, no quiere ya juegos que le divirtieron hasta ayer mismo, y llega un periodo difícil donde no sabe que camino tomar y a veces se pierde por ramas oscuras y a veces la gota se estanca, nadie le empuja desde atrás, nadie le anima a seguir y cae en pozas tranquilas de agua, donde la paz es reina, pero una paz que dura mucho es aburrida, sin interés, en los estanques, el agua esta estancada, sin ilusión , sin ganas de cambiar, de un perezoso que hace temblar, al agua estancada nadie la molesta, pero se va muriendo de ganas de vivir, y no hace nada, ¿será feliz el agua estancada?, no sufre, pero no tiene emociones, esta tranquila, pero pierde experiencias de vida, nadie la hace sufrir, pero no conoce gentes, buenas y menos malas y no salta, no tiene ganas y hay veces que una tormenta de verano llena el estanque y empuja a continuar la vida, crea salidas hacia el mar, pero la gota que hace, ¿Se queda en el estanque?,
¿aprovecha el empujón para salir?.

El perro que barrunta a muerto

Las campanas de la única iglesia de ese pueblo pequeño amanecían tañiendo languida, quedamente. ¡ Alguien había muerto!
En el silencio del amanecer se elevó hacia las montañas un lamento, algo ó alguien aullaba, no era como el grito del lobo en el invierno, salía de una garganta domesticada, era él, ese diablo negro, con una mancha en la frente y sin rabo, cortado por su dueño cuando aun era un cachorro.
No era un ladrido, era un gemido profundo, un lamento, un grito desgarrador, ¡ El perro lloraba !
Durante tres días y tres noches, el diablo rabicorto lloraba aullando hasta que el muerto era enterrado, su grito era el grito de ese pueblo.
¡Nadie podía dormir!
De día, de noche, el perro recordaba a todos, que aquel a quien conocieron, amaron, respetaron, gastaron bromas u odiaron , había muerto. .
- ¡ Hay que matar a ese perro ! Sólo trae desgracias. ¿No le oís como chilla ? , es un mal agüero. Siempre que él aúlla alguien muere en el pueblo ¡ Hay que matarle ! .
- Nadie matará a mi perro, él no trae la mala suerte, ¡ Es todo lo que tengo !

Una noche de enero, el aullido del perro se confundió entre el de los lobos. ¡ Alguien había muerto !

- Ha vuelto a matar, ese perro del diablo .
- El no ha sido, ¿no lo veis? , No es mas que un pobre bicho que me hace compañía en estos largos y fríos días, yo ya soy viejo.
- ¡ Le vamos a matar, viejo !
- ¡ No ¡ ¡No! . El sólo es un perro.
- ¿Porqué ladra así cuando alguien muere ? ¡ Porque es el diablo ! ¡ Porque va reclamando el alma del difunto!
- No. él sólo, ....... , sólo tiene un sentido más que nosotros los hombres, no sé, él no se ríe, cuando se ríe y juega conmigo es feliz, pero cuando aúlla así es la cosa mas triste que jamás he visto.
- Si él es el diablo, tú también debes serlo, viejo, cuando tanto le defiendes.
- Mi perro olfatea el viento y el viento le trae mil olores, y el viento es el que le dice que aquel que ayer le acarició ya no volverá a hacerlo, y mi perro llora por eso y le dice adiós durante tres días, algo que vosotros no sois capaces de hacer, aunque ese que ha muerto siempre os quiso.
- ¡Viejo blasfemo, te voy a matar ¡ ¡Te vamos a matar!
Una escopeta
Dos disparos
Un hombre y un animal rabicorto muertos
..... Y en el silencio del amanecer el centenar de perros lanzaron sus aullidos al viento, el centenar de perros del pueblo lloraron 2 muertos durante tres días y tres noches.
¿Eran diablos todos los perros y todos sus dueños ? .
No. Ninguno de ellos lo era.

María

Era joven, informalmente vestida, universitaria, de piernas larguísimas, tan largas que de un salto se diría que podría cruzar el Guadalquivir, menuda y delgada, peligrosamente anoréxica, famélica. El cabello era largo, liso, negro, pulcro, terso, lustroso; los ojos eran grandes, negros, limpios, de un lignito azabache; su piel era bronceada, bruñida caribeña; pelo oscuro, ojos oscuros, piel oscura. Todo lo demás era claridad en ella. Claridad de ideas, claridad de deseos, claridad de sentimientos, claridad de emociones, claridad de pasiones, claridad, claridad.
Regresaba de ... ,de ..., no se, de algún lugar, de algún universo propio donde había transcurrido su mañana. Ó quizá es que llegara a su destino, claramente iluminado en su mentalidad independiente.
El tren era lo suficientemente grande y los pasajeros lo suficientemente insuficientes para que estos se pudiesen colocar cómodamente y a su libre albedrío. Teníamos a María, colocada en un rincón de seis asientos vacíos, teníamos al hombre del bastón blanco sentado cuatro bloques de plásticos asientos más cercano a la puerta. Teníamos a los cuatro apañeros de curro, conversando alegremente sobre las frías aguas de las playas de Ayamonte. Teníamos a dos caballeros trajeados, con corbata y maletines portafolios. Teníamos a tres puritanas abanicándose. Y teníamos al resto de la gente.

- Es increíble, la juventud de hoy - Una vocecita femenina comentaba en la privacidad de la cercana lejanía - no tienen respeto por nada ni por nadie, visten tan indecentemente que lo van enseñando todo, se le ve todo el ombligo. Y no puedes decirles nada, porque encima te sacan las uñas y te llaman de todo. Mira esa de ahí, ¿Tú te crees posible como va?. Como me gustaría que pasara el revisor para que le dijera algo. ¡ Mírala ! , Toda despatarrada, con los pies encima del asiento. No hay vergüenza ninguna, ni respeto, ni nada, esta juventud se nos está echando a perder entera, pero es que no se salva ni uno, es que ni uno, te lo digo yo.

- Esto no hay quien lo aguante - Un vozarrón masculino, pero en susurro, comentaba a su acompañante- así no es posible concentrarse en este dichoso asiento de contabilidad, maldito ordenador portátil, siempre se cuelga cuando ya estás a punto de terminar, y dichosa mocosa, ya podía bajar un poco la música de sus cascos, se va a enterar todo el tren, hay que joderse, estos niñatos que no han trabajado en su vida, que no han dado un palo al agua, se creen que todo el tren es suyo, son unos irrespetuosos con los demás, unos insolidarios. Se creerá que está en su casa. Vamos, esta es de las que en su casa no debe ni de ayudar a poner los platos en la mesa. Menudo viajecito me está dando con esa dichosa música gritona.
- Y a mí, que no me ha dejado dormir, tú no te quejes, pero yo he estado a punto de cambiarme de sitio. Porque son las tres de la tarde, sino, te juro, que si hubiese dado con esta niñata esta mañana, sin dudarlo me cambio no ya de asiento, sino de vagón.

Y mientras los cuatro compañeros de curro escuchaban como uno de ellos contaba sus batallita en la playa, el más joven miraba emotivamente la figura sensualmente quijotesca de María, cuya mirada perdida vagaba entre las palabras de la letra de la canción que escuchaba en sus cascos, una musiquilla tranquila, suave, romanticona, empalagosa y apenas audible para el resto de los pasajeros más allá de ella misma, excepto los dos trajeados que viajaban al lado y oían un susurro, menos imperceptible que el traqueteo del tren ó el hilo musical con música clásica del ferrocarril de cercanías. Y claro, era un transporte público aquello, no una biblioteca, ni la sala de cuidados intensivos de un hospital, ni había tampoco un cartel que dijese : "Se ruega Silencio, Por favor"

Por los altavoces se escuchó, "Próxima parada, fin de trayecto”.
María bajó los pies del asiento, los limpió con la mano, el poco de polvo que se había acumulado de siglos, dejó el asiento más limpio que antes de cuando ella posase sus pies sobre él, guardó su música y aguardó la salida y apertura de las puertas.

El hombre del bastón blanco, delante de la puerta, preguntó: ¿Es esta la salida? .
Si - Le contestó el joven del grupo de los compañeros de curro, a su lado. Los dos trajeados estaban detrás, detrás las tres puritanas y María aún esperaba tranquilamente en su asiento a que el tren se detuviera por completo y todo el mundo huyera a través de la marea de borregos, hacia la salida. Al fin y al cabo era final de trayecto. Que la gente se atropellen unos a otros. ¡ Qué prisas ! .

Las puertas se abrieron, los cuatro compis del curro salieron los primeros, el más joven se quedó mirando al invidente, viendo como tanteaba con su bastón los peldaños de la escalerilla, el escalón de salida, por un momento estuvo en un tris de ayudarle, se detuvo un segundo con intención de cogerle del brazo y apearle, pero por vergüenza por un lado, por no estorbar al resto de la gente que salía, por otro y por que observó muy claramente que el ciego se las arreglaba a las mil maravillas, tanteando con el bastón y poniendo su pie derecho en el escalón, no hizo nada, y siguió a sus compañeros que le esperaban un poco más allá preguntándose, ¿Que hace éste, por qué se ha parado? .
Los dos trajeados, impacientes, detrás de él, le llegaron a dar un leve empellón que le desequilibró parcialmente.
- Lo siento - dijo el hombre del bastón blanco - Soy ciego
- No Debería usted venir en tren - dijo uno de los trajeados - No ve que interrumpe al resto de los viajeros.
- Tiene usted razón, joven- dijo una de las puritanas - no se debería permitir que gente así viajara, y no lo digo por nada, pero es que puede tener un accidente el día menos pensado. La gente se lo puede llevar por delante. Hay mucho tumulto en estos sitios.
La gente se aglomeraba en los torniquetes de salida. Los trajeados y las puritanas iban charlando sobre la prohibición que tenían que instaurar para que estas "clases" de personas no pudieran viajar en horas de afluencia de público en transportes de viajero, algo así, similar, a como cuando prohiben circular los camiones los días de la operación salida u operación retorno de las vacaciones o puentes o fines de semana. Vamos, que las personas son como objetos ó máquinas.

Y mientras ellos y ellas hablaban vanamente, el joven trabajador, vio como María, caminando simpáticamente agarrada del brazo del hombre del bastón blanco, adelantaba con paso firme, seguro, tranquilo, justo en las puerta de salida del andén, al resto del grupito que pretendía hacer una ley sobre atascos y le ayudó a atravesar por las portezuelas de plástico automáticas de salida.

- Muchas gracias, señorita - dijo el ciego -
- Ha sido todo un placer. Voy en dirección a la plaza, le puedo acompañar.
- No es necesario, yo voy en dirección contraria. Hasta pronto.

¿Quién es el invidente?.
¿Quién es el insolidario?.
¿Quién es irrespetuoso? .
¿Quién es María?"

Cuento macabro

Este cuento se lo oí contar a mi tío Joaquín, allá en Extremadura, hace un porrón de años.
Él lo contaba muy graciosamente, y a su manera, y al final nos reíamos todos en la forma en que se expresaba, recuerdo que él decía sonsoles, no consomé. Yo lo cuento a la mía.

Acaeció un lejano día que a sus oídos llegaron las buenas nuevas que en un pueblo a menos de veinte leguas de por donde transitaba con su recua de mulas, existía una leyenda, según la cual, la gente de aquella villa nunca moría, el cementerio del lugar estaba yermo e improductivo, contaba la leyenda que el enterrador había abandonado el pueblo, huyendo del aburrimiento. El arriero, queriendo comprobar ese idílico hecho, acercose al lugar por insana curiosidad. Dejó sus mulas en el abrevadero, descansando, y se encaminó hacia la tasca, que a la entrada del pueblo, parecía bullir de charangas y voceríos.
Apartó las cortinas hechas de chapas de cerveza y se topó de frente con una celebración.
¡ A saber de que!
En la que corrían por las mesas, butifarras, chorizos, morcillas, costillas, carne magra, tocino, migas con panceta y pimiento rojo y vino, cerveza y una especie de sangría roja, roja, en cubas llenas de hielo y rodajas de limón. Y fue invitado al convite, a participar de aquel ágape con todos los honores, como uno más del pueblo.
En su vida había comido unos chorizos tan tiernos y sabrosos, deliciosamente condimentados, de chuparse los dedos y rebañar el plato con las migas de pan en la salsa sobrante. Y la sangría, sobre todo la sangría, aderezada con alcohol, le ponía el puntito alegre a la parranda.

Se sentía como en su casa. Mejor aún. Tan cómodo se hallaba entre aquella gente, que decidió quedarse. Parecía un lugar de gente amable, sana y agradable y le picaba la curiosidad de desvelar el propósito que le había llevado hasta ese rincón, confirmar o desmentir los rumores que corrían.
Conoció a una mujer que le pareció muy linda, a la que cortejó, amó y vivió un noviazgo de unos meses y con la cual acabó contrayendo matrimonio.

Cada cierto tiempo, en la tasca se celebraban festejos.

De aquel matrimonio nacieron dos hijos mofletudos y coloradotes y la dicha se hacía monotonía, sin nada resaltable, excepto los días de celebraciones en la tasca, cuando todo el pueblo celebraba algún que otro acontecimiento.
Su trabajo como arriero le llevaba estar muchos días alejados del pueblo, en el camino, buscando otros lugares donde trapichear y mercadear sus montones de leña arrancadas al bosquecillo cercano de donde se aprovisionaba para su venta posterior y era por este motivo, por lo que no andaba muy atento a los acontecimientos sociales de su pueblo, a pesar de llevar siete años viviendo en él, aparte de las historias de comadres que le contaban su esposa y su señora suegra, quien acudía a visitarles casi todos los días y mostraba un amor de madre hacia su hija rayando en lo paranoico, permaneciendo cuando el marido no estaba, en su propia casa.
Pero un hecho luctuoso vino a entristecer la dicha del arriero. Su esposa cayó enferma, unas calenturas la habían cogido y se habían ensañado con ella. El marido no se apartaba, ni de día, ni de noche de su lado, y tenía descuidado su trabajo. Un día que el marido vio que una ligera mejoría asomaba a su rostro, partió del pueblo a vender la leña, no sin llevar consigo un atisbo de preocupación en su rostro por el estado desmejorado de su amantísima esposa.
Al regreso, dos días después, no halló a su mujer ni a sus hijos en su casa como era costumbre a aquellas horas, sino que encontró en su lugar a su suegra ,embutiendo carne picada en tripas, la cual al verle aparecer hablole de esta manera:

- Aquí tienes, querido yerno, unos buenos hilos de chorizos y encima de la mesa un consomé para chuparse los dedos. Hoy podremos tener celebración en la tasca.

¡En el pueblo, la gente no se moría, los mataban antes!

Y luego de matarlos, se los comían.

El arriero, horrorizado al oír y ver aquello en boca de la madre de su esposa, la cual adoraba a su hija incluso más que él, decidió escapar del pueblo como alma que lleva el diablo, llevándose consigo a sus dos hijos.
Al cruzar un arrollo, cogió a uno de ellos bajo el brazo y al otro se lo cargó sobre sus espaldas, al tronchín, para de esa manera mejor cruzar al otro lado.
El que iba montado a la espalda, cuando iban a la mitad del charco, exclamó :

- ¡ Qué buen pescuezo tiene padre para hacer consomé !

Y el padre, en ese mismo instante, allí mismo los ahogó a los dos mientras exclamaba:

- ¡ Conque para consomé, eh, para consomé ¡

Mujer vestida de rojo

Le tenía miedo a la muerte. Era su peor pesadilla.

Todo empezó un día, ese día que vio la muerte, vestida de rojo, danzando en su derredor, pero a él aun no le tocaba su turno en el juego.

No. Había venido a bailar con otro. Navajas bajo luces de neón por una mujer. Gritos en medio de gritos. Figurantes bailando el rito de las pasiones entre bambalinas. Hojas de acero manchadas de rojo carmín – ojalá fuese carmín labial - de rojo bruñido, cual vestido de mi lady, de la muerte que miraba de cerca.
Cobardía e ira, frustración, odio, venas ensanchadas.
Y entre sus brazos sujetó el cuerpo del moribundo apretándolo contra su pecho, mientras unos pasos cobardes, pusilánimes, huían del lugar del homicidio, del hombre que habían matado con una puñalada traicionera que le iba anegando el alma,- los cobardes siempre huyen a esconderse, los amigos se quedan hasta el final, siempre hasta el final-, y él estaba allí, sujetando su cabeza contra su pecho, y…
… La vio acercarse, lenta, con parsimonia, sin prisas, y al llegar a su lado, la mujer de rojo le dio un beso en la mejilla que le heló la cara, le coaguló la sangre en las arterias y le congeló el alma. Después se llevó la vida que él inútilmente sujetaba.
Hubiese deseado en ese instante que su amigo hubiese sido un gato persa para no sentir el rigor mortis entre sus brazos.

Fue el principio de su agonía.
Se despertaba en medio de la madrugada, en medio de un grito de pavor, pálido y sudoroso, cansado, como si hubiese estado batallando contra un ejército de combatientes sedientos de su energía, paralizado. Terminó por no dormir, por caminar en la noche, vagando entre callejuelas frías y oscuras, huyendo de su miedo. ¿Que pasaría si un día no se despertaba? ¿Si volvía a ver a la mujer vestida de rojo?.
Dejarlo todo. Ser nada. Su vida, sus amigos, sus viajes, sus mujeres, su familia, su trabajo, sus aficiones, su realización personal.
Una noche de insomnio, caminante sin rumbo entre soledades nocturnas, y camiones ruidosos de basura, se detuvo ante un sin techo, un vagabundo que dormitaba junto a una botella en el rincón de un portal abierto; una ratita correteaba a sus pies royendo los restos, las migajas de una magdalena desmenuzada junto a..., ¿junto a los pies? ¿o era acaso la cabeza? del periodístico tumbado, si, un señor cubierto de cartones y hojas de periódico, ¿sería posible que fuese mujer? , no, le dijo una vocecita dentro, no es una mujer, y esa vocecita le hablaba así porque una mujer en la calle cubierta de periódicos le hubiese hecho cambiar de actitud. La habría despertado, habría llamado a un taxi, la habría subido a su habitación, la habría dejado dormir en su cama, la habría dejado su casa para ella por esa noche, mientras él continuaba su caminata noctámbula por entre callejones desiertos y a la mañana..., a la mañana, cuando él volviera, ella ya se habría ido, se habría llevado algo de valor o todo, o quizás le hubiese dejado preparado una taza de café en la cocina y un gracias escrito en la servilleta de papel. Nunca lo sabría, porque su Pepito Grillo le decía que era un hombre y viejo… -¿viejo?, ¿no joven?- , sin familia, sin techo.
Y muy ilustrado. Dormía con las últimas noticias del día, bueno, quizá eran noticias viejas, de la semana pasada, pero eran "news" y por tanto, un señor ilustrado atrasado, no atrasado de mente, demente no, ¿o también?. Atrasado ilustrado del mundo.
El hombre que no podía dormir porque le tenía miedo a la muerte, a la mujer de rojo, no quiso pensar que el ilustrado periodístico tumbado del rincón de aquel portal no supiera leer. Pero podría soñar con las fotos en blanco y negro de las portadas que tapizaban sus ojos en los días de más frío,-como el de hoy- con ser presidente de gobierno, ministro, estrella del balompié, ó mujer de bandera del estrellato Hollywood-iense.
La ratita de ciudad al intuir la presencia sonámbula de un aguafiestas en su banquete de restos de magdalena, levantó los ojillos, meneó los bigotes olisqueando el olor a jabón y a colonia del extraño humano entrometido y agarró las de Villadiego, trepando por encima del montón de hojas que cubría el rostro del durmiente, las cuales resbalaron de su cara, mostrándola a la noche y a un sonámbulo con miedo a la muerte, y el roedor desapareció.

Entonces al verle el rostro, el hombre con miedo, corrió, huyó lejos.
La muerte tendría también esa forma. No solo belleza de mujer.

A veces pasaba las largas noches de insomnio comiendo palomitas de maíz regadas con cerveza, delante de un puzzle inmenso de 1.000 piezas del Taj Mahal. O mirando películas en blanco y negro de Joan Fontaine, la mujer con los ojos más increíblemente hermosos que había visto. Esa noche volvió a visualizar Rebeca por enésima vez. Eso eran sus noches en vela, de insomnio, de huida. Huía de la muerte.
El día era normal, miedo a la muerte, pero rodeado de extraños a veces, de amigos otras, ella parecía no querer acercarse y él parecía y aparentaba alejarla de sí con manotazos, como si estuviese apartando moscas atraídas por el dulzón y agradable olor, para ellas, del sudor que le rodaba por la frente, cuando alguien mencionaba la palabra maldita.

Y un día dejó de ver televisión, de leer periódicos, de oír noticias en la radio, su viejo tocadiscos y sus discos de vinilo era lo único descontaminado de la palabra maldita, dejó de salir a la calle por el día.

Dejó de Vivir por miedo a la muerte. Paradójicamente, así fue, así pasó.

Y un día le tocó el turno de tirar los dados, y le salió el seis doble, premio para el caballero, le tocó el premio gordo, la muñeca de la tómbola. Allá apareció la señora vestida de rojo, a la que reconoció al primer vistazo, no había cambiado nada, era la misma imagen de hacía..., uf, hacía décadas, siglos, toda una vida cuando la vio por única y primera vez bajo las luces de neón en un cruce de navajas por una mujer teñido de sangre y muerte y desde entonces había estado huyendo de ella, temiéndola, temblando por los rincones cual flan después de desmoldar sobre la porcelana, ese miedo, ese terror, el pánico inventado e irreal, imaginario, paranoico esquizoide, con el que había estado viviendo…. Reflexionó, la miró a los ojos y rebobinó sus pensamientos…
¡Con el que había estado muriendo!.
Esa era la idea, el miedo con el que había estado muriendo desde que un día, en un instante, la vio ... , ese miedo, ahora que la tenía delante, había desaparecido. Se esfumó como la ratita del vagabundo. La tenía delante y no le tenía miedo. Era libre. Estaba Feliz. La muerte llamando a su puerta y él la recibió sonriendo, vitoreando su victoria, la de él, no la de ella.
La recibió con los brazos abiertos, como se recibe a un amigo, sin miedo, con gozo, sin temblar, con un gesto de complacencia en el rostro, con ojos brillantes, con las cadenas desmembradas en eslabones desunidos, con el muro deshecho en bloques de cemento esparcidos sin argamasa que los uniera. Ya no había cadenas ni muros, ni miedos, se sentía bien a su lado. Libre, por fin libre.

La sirena de una ambulancia rompía el silencio de la noche.

Seguía feliz a su lado, le pidió un baile, estaba preciosa vestida de rojo, tocaban para ellos dos, danzaba con la muerte en medio de la pista central de baile, despacito, agarrados con dulzura, dejándose llevar por la melodía, flotando sobre nubes de algodón dulce.

Y entonces alguien tiró de él con mucha fuerza. Noooooooooooooooooooooo.
Sobre la mesa de operaciones los nervios se hacían patentes, no importaba la costumbre de ver muchas veces a la mujer de rojo llevárselos, pero si vencían a la muerte, habrían triunfado.
Luces, agujas, pantallas, batas verdes, adrenalina, palabras de ánimo, Venga, ya lo tenemos, ya vuelve, parece que recupera el pulso. Sí. Ya bombea.

La mujer de rojo se iba perdiendo entre tinieblas.
No te vayas. No te vayas. Quiero volver a bailar contigo. Ahora que he aprendido a conocerte, a no temerte, quiero estar a tu lado.
Vuelve. Por favor. Ya no te tengo miedo. Creo que te quiero.


Cuando el miedo a la muerte no te deje vivir, la muerte vivirá por ti.